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miércoles, 22 de octubre de 2014

El sabor más amargo del mate. Darío Aranda


Los cosechadores de yerba denuncian la especulación de las grandes empresas y denuncian trabajo esclavo. Trabajan hasta doce horas diarias por 60 pesos, el equivalente a tres paquetes de yerba.
Texto: Darío Aranda (Desde Montecarlo, Misiones)
Foto: sub.coop


El galpón es amplio, humilde, piso irregular, paredes sin revoque y luz tenue. Es de noche y llueve en el oeste de Misiones. Las gotas se hacen escuchar en la chapa y por momentos silencian la voz de Cristóbal Maidana, secretario general del Sindicato de Tareferos (cosechadores de yerba). “Que el placer de tomar mate no descanse sobre la esclavitud del tarefero”, resume la bandera blanca que cuelga en la pared. Maidana explica: “Es nuestra consigna y es también nuestra lucha”. Son el último eslabón del “oro verde”, la yerba mate, los históricos explotados de un negocio millonario. La yerba aumentó el último mes un 90 por ciento, promedio. Y los tareferos gritan: “Rechazamos el incremento desmedido del paquete de yerba en góndola. Nuestro estado de alerta y movilización es por condiciones de trabajo dignas y también como repudio a esas grandes empresas que intentan engañar a la gente diciendo que el precio de la yerba se incrementa para que los trabajadores estemos mejor”.
La distancia entre el hogar y el yerbal determina la hora de levantarse, siempre de madrugada, entre las 4 y las 6. Un camión recorre los barrios, sube a los trabajadores al acoplado y comienza la travesía. Pueden ser veinte kilómetros, también 40 o 50. A las 7 están en el yerbal, mojados por el rocío y la helada. Tijera o serrucho en mano, cortan las ramas pequeñas de la planta, acumulan las hojas sobre plásticos abiertos como mantel que esperan en el piso. Luego se unen las puntas del plástico y forman una gran bolsa, el “raído”, cien kilos, 20 pesos. Un tarefero experimentado, y con suerte, puede hacer cuatro raídos al día, 80 pesos de salario bruto, con descuentos se transforma en 60 pesos en mano, por jornadas de nueve a doce horas: equivale a tres kilos de yerba.
“Los más explotados de la cadena de la yerba son quienes más hicieron por el productor. El aumento de la hoja verde es un reclamo de los tareferos, para que cobre más el productor y así llegue más al tarefero, pero otra vez nos han jodido”, lamenta Rubén Ortiz, docente rural, referente técnico de los cosechadores, miembro de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA, línea Pablo Micheli, donde participa el sindicato de tareferos). Explica que en la cadena de la yerba funciona la “teoría del derrame”. El imaginario del mundo yerbatero promete que si el productor recibe mejor precio por el kilo de hoja verde, más recibirá el contratista y éste pagará mejor salario el tarefero.
El Ministerio de Agricultura de la Nación aumentó a inicios de abril el precio del kilo de hoja seca de 90 centavos a 1,70 pesos y la “canchada” (seca) de 3,30 a 6,90 pesos. De inmediato el precio en góndola pasó de 11 pesos el kilo a entre 20 y 25. Y también hubo, sobre todo en supermercados, faltantes del producto.
“Es pura avivada de las cuatro grandes empresas y de la cadena de comercialización. Tenga en cuenta que la yerba que hoy está en góndola se pagó al productor a precio del año pasado, no se justifica el aumento. Y, si pongale sumamos el aumento actual, igual no debiera valer más de 15 o 16 pesos el kilo en góndola”, afirma Ortiz y apunta al fondo de la inequidad: “Del precio de cada kilo de yerba, el 25 por ciento se reparte entre Estado (a través de impuestos), productor, contratista y tarefero. Y el 75 por ciento queda para los molinos, grandes empresas y comercializadoras. Ahí es donde se condena al tarefero a la esclavitud. Cambiar esa injusticia es una decisión política”.
El sindicato apunta a cuatro grandes empresas. Las Marías (Taragüi, La Unión, La Merced), La Cachuera (Amanda), Molinos Río de La Plata (Cruz de Malta y Nobleza Gaucha) y Hreñuk SA (Rosamonte). También culpan al INYM, la “complicidad” de Uatre y a la responsabilidad de los funcionarios provinciales y nacionales. “Todos saben que Uatre no defiende al trabajador rural, pero el Ministerio de Trabajo nos niega la inscripción gremial”, recuerda Maidana.
-¿Hay alguna yerba que se coseche con trabajadores bien pagos?
Ortiz se toma un momento para responder y avisa que lamenta la respuesta que vendrá: “Las grandes marcas son las que más explotan al tarefero, pero lamentablemente todas las marcas se hacen con el trabajo esclavo, incluso a la yerba de pequeños productores, algunos de ellos con discursos de reivindicaciones sociales, se levanta con la explotación del tarefero. Es una pena, pero es la triste verdad del yerbal”.
El viernes 20 de abril, los productores explicitaron su malestar. En Misiones se informó que al precio de 1,70 por kilo de hoja verde había que descontar el 21 por ciento de IVA, por lo cual el productor recibiría 1,35, mucho menos de lo aceptado tres semanas atrás. El INYM desmintió, recordó que –como siempre– el anuncio es libre de impuestos. No alcanzó para calmar a productores y tareferos.
El lunes 23 hubo asamblea tarefera en Montecarlo. “De producirse reducción en los salarios acordado, los trabajadores de inmediato iniciaremos medidas de acción directa”, advirtió el sindicato, nacido en 2009, 3000 afiliados, cuatro procesados por exigir sus derechos en la Ruta Nacional 12 (une Posadas con Puerto Iguazú), única manera de visibilizar al cosechero.
El secretario general del sindicato recuerda que no tienen obra social (aunque estén en blanco, por el bajo salario no llegan al piso de 2000 pesos mensuales que les exige la Obra Social de los Trabajadores Rurales y Estibadores –Osprera/Uatre–) y hace la lista de enfermedades más comunes: desvío de columna, artritis, problemas de riñones, rodillas y manos; brazos acalambrados durante horas, intoxicaciones con agrotóxicos. “Te mata el frío y el estar mojado todo el día”, precisa Ortiz.
En la puerta del galpón del sindicato, en unas sillas de plástico blancas, un grupo de hombres toma mate. Maidana pide que observe a un hombre alto, delgado, tez morena, cabello azabache bien corto, camisa a cuadros. Y sentencia: “No le da más (el cuerpo). Quiere, pero ya no puede. Tiene 45 años, 30 años de tarefear, sin obra social, sin jubilación. Imagine qué futuro le espera a este trabajador y a otros miles como él. Es muy duro, pero sobre todo es muy injusto. Cuando en Buenos Aires pongan la pava, ojalá recuerden sobre qué espalda arruinada descansa el placer de matear”.

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Imprescindibles, pero maltratados
Por D. A.
El Ministerio de Agricultura de Nación, en su “Informe de coyuntura cadena de infusiones. Yerba mate”, precisa que en Misiones vive el 97 por ciento de los productores de yerba (16995), el resto está en Corrientes (526). El 76 por ciento cuenta con menos de diez hectáreas. También existen 239 secaderos (el 94 por ciento en Misiones) y 149 molinos. Ni el Ministerio ni el Instituto Nacional de Yerba Mate (INYM) contabilizan a dos actores. Uno, nacido en la década del 90 y evitable, los contratistas (tercerizadas). El segundo, histórico e imprescindible, el tarefero. “No hay datos oficiales. Nosotros calculamos, por toneladas cosechadas oficiales, cerca de 21 mil, 70 por ciento de trabajo en negro. Hay ciudades como Andresito donde el 90 por ciento de los tareferos está en negro”, explica el secretario general del Sindicato de Tareferos, Cristóbal Maidana.
Los cosechadores tienen trabajo durante sólo seis meses al año, entre marzo y agosto, y un promedio de trabajo de quince días al mes. Cuando llueve no se entra al yerbal durante dos días. Y en Misiones llueve seguido.
La peor parte la llevan quienes viven en los campamentos, en el yerbal. Bajo plásticos que hacen de techo y pared, sin agua ni baños, escasa comida, condiciones propias del siglo XIX. En el último año, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) denunció al menos diez campamentos que no reunían ninguna de las condiciones básicas de trabajo digno. “Es lo más común, muchas veces nosotros mismos llevamos a la AFIP hasta los campamentos. El Ministerio de Trabajo y la Uatre (sindicato rural) no hacen nada –explica Maidana–. Me entristece que con tanta riqueza nos tengan tan castigados”.
Ortiz advierte: “Los contratistas son un fenómeno de los 90. Le sacan al productor, pero sobre todo al terefero. La mayoría son punteros políticos, de todos los colores, con esa caja financia la política, por eso no desaparecerán y nadie los controla”.
La lluvia cae con fuerza en Montecarlo, pueblo prolijo de 18.000 habitantes. No habrá tarefa durante dos días. Casi no se escucha la voz de Maidana, 42 años, aunque aparenta al menos diez más. Sus padres tenían campo, pero fueron desalojados en la década del 70. Con doce hermanos, su destino a los 13 años fue la tarefa. Tiene siete hijos y sueña con que ellos escapen al círculo de pobreza que condena el yerbal. Aporta un dato que desnuda la explotación laboral. “En Montecarlo más de la mitad de los hombres es tarefero. ¿Sabe cuántos jubilados tareferos hay?”. Espera respuesta del periodista, hace silencio de segundos, aumenta la expectativa: “En toda la ciudad hay sólo tres jubilados tareferos. Es la prueba concreta de la explotación laboral y donde Estado y empresas son responsables”.
   Texto extraído de: http://darioaranda.wordpress.com/2012/05/06/el-sabor-mas-amargo-del-mate/
   El artículo original fue publicado inicialmente en el diario Página 12 el 28 de abril de 2012.

Inundaciones: "Origen del fenómeno". Darío Aranda

cataratas crecidasFuente: Página/12

La explicación mayoritaria fue la responsabilidad de la naturaleza, expresada en las lluvias en Brasil. Marcelo Giraud es geógrafo, docente de la Universidad Nacional de Cuyo e integrante de la Asamblea Popular por el Agua de Mendoza. Giraud está atento a lo que se suele llamar “desastres naturales” y maneja estadísticas, estudios y una base de datos que suele explicar el factor humano en cada desastre.


El desmonte en la selva Paranaense y las represas en Brasil son los dos factores que señalan organizaciones sociales, investigadores y hasta Parques Nacionales para explicar la crecida en el río Iguazú y sus consecuencias. “Vemos a funcionarios y medios de comunicación hablando de la cantidad de agua que baja de Brasil, de los daños en las pasarelas de las cataratas, pero lo más grave es la deforestación en las cuencas superiores, las hidroeléctricas y cómo se perjudica a quienes menos tienen”, afirmó Rulo Bregagnolo, activista socioambiental misionero e integrante de la Mesa Provincial No a las Represas.
Por Darío Aranda
“La imagen satelital de 2013 de la cuenca del Iguazú muestra claramente cómo casi toda la cuenca en Brasil ya está deforestada. Cambiaron los cultivos tradicionales por soja. Las lluvias caen sobre un suelo con escasa cubierta vegetal, lo cual lo hace muy propenso a la erosión. Esta situación es una de las causas de que ante lluvias no tan extraordinarias, sea record el tiempo en que el agua precipitada llega al río, provocando esta crecida histórica”, explicó el geógrafo.
Federico Soria, técnico en Conservación de la Naturaleza e integrante de la Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC), consideró que “la lluvia no fue muy diferente de otro años. De lo que no se habla es del desastre ecológico que representa la deforestación casi completa de la cuenca y de las megarrepresas (hay cinco aguas arriba y una más proyectada). La cuenca no puede retener el agua, tal como lo hacía naturalmente cuando existía la selva, y por eso baja rauda, siendo imposible que las represas la puedan retener”, aseguró y destacó la ruptura de la represa en construcción Baixo Iguazú, a pocos kilómetros de Misiones. “La ruptura fue un error humano y el agua corrió con enorme fuerza. Será la sexta represa en el cauce del río”, señaló Soria.
Giraud confirmó la ruptura de la hidroeléctrica y detalló que las represas de aguas arriba abrieron de manera repentina las compuertas. “La población ribereña, y no los capitalistas dueños de la represa, sufrió las graves consecuencias. Y a lo largo del curso del Paraná veremos las consecuencias en los próximos días”, remarcó.
Claudio Altamirano, responsable de prensa del Parque Nacional Iguazú, explicó a una radio misionera que el Iguazú nace a 800 kilómetros de las cataratas y sostuvo que las “las hidroeléctricas manejan el grifo, creo que hasta ellos se vieron sorprendidos por la cantidad de agua y decidieron abrir las compuertas. En una semana veremos la consecuencia que generó esta crecida”. El director regional de Parques Nacionales, Andrés Bosso, confirmó que la deforestación es una de las causantes del fenómeno: “Tenemos apenas el ocho por ciento de la superficie originaria de selva, hemos destruido la forestación en un 92 por ciento de la superficie y lo estamos pagando de esta manera”.
Juan Yahdjian es médico, histórico activista socioambiental misionero e integra la Mesa Provincial No a las Represas. Reconoce que siempre hubo inundaciones, pero aclara que parte del agua que hoy fluye debiera quedarse en el subsuelo de Brasil, Argentina y Paraguay (en el acuífero). “Pero ya no existe la vía de recarga de napas y ríos subterráneos, el suelo esponjoso del monte se lo llevó la inconsciente topadora, manejada por inconscientes humanos y lo reemplazó por soja en Brasil y Paraguay y por pinos-eucaliptos en Misiones. Entonces el agua de lluvia se escurre”, detalla. Yahdjian recuerda que lo natural para la región es el monte y advierte que destruirlo tiene consecuencias: “El agua busca su cauce y frenarla tiene riesgos, lo estamos viviendo en estas horas. La naturaleza no se equivoca, avisa que estamos haciendo mal las cosas, que no pensamos en nosotros y menos en nuestros hijos”.

Artículo extraído de:http://www.puertae.com.ar/2014/06/inundaciones-origen-del-fenomeno-por-dario-aranda/

lunes, 8 de septiembre de 2014

Triple frontera: resistencias populares a la recolonización del continente

Del libro Triple frontera: resistencias populares a la recolonización del continente, compilado por Claudia Korol y Silvia Bignami, se seleccionaron tres textos: 
- "Triple frontera: ¿teatro de operaciones del imperio o espacio de encuentro de los pueblos?", de Claudia Korol
- "Nuestro tiempo latino-indo-afro-americano", de Juan González
- "El agua en el litoral: algo de historia", de Juan Yahdjian.

Versos de sudor. Tareferos, poesía y música. Sergio Álvez

Leer el texto:

domingo, 7 de septiembre de 2014

Algo sobre la vida de Horacio Quiroga




L i t e r a t u r a  y  v i d a  d e  H o r a c i o  Q u i r o g a[1]

De la ciudad a la selva
            Horacio Quiroga nació el último día de 1878 en la localidad de Salto, Uruguay, en el límite con la provincia argentina de Entre Ríos. Era hijo de Prudencio Quiroga, vicecónsul argentino en Salto, y de la uruguaya Pastora Forteza. Desde chico, le gustaba mucho leer y, en su adolescencia, comenzó a escribir poesía y hasta llegó a publicar una revista en la cual se imprimieron sus primeros poemas y algunos artículos breves. Además, contaba con bastante tiempo libre para dedicarse a otros pasatiempos, como andar en bicicleta, tomar fotos y tocar la guitarra.
            A fines de marzo de 1900, como muchos otros jóvenes intelectuales de la época pertenecientes a familias acomodadas, se embarcó rumbo a París. Sin embargo, las cosas no salieron tan bien como él esperaba. El dinero pronto se le terminó y, como no tenía a quien acudir, pasó hambre y penurias. La estadía duró cuatros meses y el 12 de julio volvió a Montevideo.         
            En 1903, decidió solicitar la ciudadanía argentina y sacó la libreta de enrolamiento. Tenía veinticinco años y su vida estaba a punto de cambiar por completo a raíz del encuentro con la selva misionera…
            Todo empezó cuando Quiroga le pidió al escritor argentino Lugones, a quien admiraba, que le permitiera acompañarlo en su viaje de estudios a las ruinas de las misiones jesuíticas. Quiroga fue como fotógrafo de la expedición y, al llegar al monte, quedó fascinado para siempre con el paisaje. A partir de entonces, vivió obsesionado con la selva y la naturaleza misionera. Misiones cuenta con una selva subtropical que abarca más de un tercio del territorio provincial.  
            A poco de regresar de la expedición, Quiroga decidió comprar un terreno en la zona del Chaco y emprender su primer proyecto como colono: vivir de las ganancias obtenidas con la cosecha del algodón. Pero el intento fracasó. En esa época, Quiroga ya había publicado su primer libro de poemas (Los arrecifes de coral, 1901) y estaba colaborando con sus relatos en algunas importantes revistas porteñas. Su nombre comenzaba a resultar conocido en el ámbito literario.
            Sin embargo, el sueño colonizador, en el que se imaginaba como un Robinson Crusoe que podía bastarse a sí mismo para cubrir todas sus necesidades, no lo abandonó. En 1906, Quiroga adquirió varias hectáreas de terreno, esta vez en la provincia de Misiones.

Vivir en la selva    
            Una vez en Misiones, Quiroga construyó su propia casa y fabricó sus propios muebles en medio del monte. Más exactamente, en la localidad de San Ignacio, en el sur de la provincia, a tres kilómetros de la margen derecha del río Paraná, muy cerca del límite con Paraguay. Allí se fue a vivir en 1910 con su primera esposa, Ana María Cires, y allí pasaron los primeros años de vida los dos hijos del matrimonio, Eglé y Darío.
            Pese a todos los esfuerzos de la familia para enfrentar las dificultades, la vida en el monte es muy dura: no resulta fácil convivir con la naturaleza ni soportar el rigor del clima y el forzoso aislamiento. ¿Qué hace Quiroga en Misiones? Corta yuyos, separa la maleza, cultiva y cosecha, construye pequeñas embarcaciones para desplazarse por el río, destila alcohol de naranjas, produce carbón, moldea objetos con cerámica, fabrica sencillos instrumentos musicales, embalsama animales…
            Pero, además, imagina nuevas historias, inventa personajes, crea situaciones… La selva -tanto el ambiente como sus habitantes- ofrece un nuevo mundo para su imaginación. Un mundo repleto de personajes y de anécdotas que aprovechará al máximo para escribir más y más cuentos. La mayoría de los relatos los envía a Buenos Aires para que salgan publicados en revistas. De esta época son aquellos reunidos en el libro Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), entre los que se encuentran “A la deriva” y “Los mensú”, que transcurren en la selva, además de otros, como “El almohadón de plumas” y “La muerte de Isolda”, que corresponden al ámbito urbano. También inspirados en su experiencia misionera, están los cuentos recogidos a lo largo de la década de 1920 en El salvaje (1920), Anaconda (1921) y Los desterrados (1926). Pero hay un tercer grupo: son los relatos protagonizados por animales, que inventa para entretener a sus pequeños hijos.
            El escritor crió a los hijos de manera que pudieran enfrentar las duras condiciones de vida en la selva. No vaciló en dejarlos solos en el monte por la noche, les enseñó a manejar la escopeta, a lidiar con las víboras, a andar en moto y a desplazarse por sus propios medios en canoa. Sin embargo, a su esposa se le hizo cada vez más difícil convivir con la naturaleza selvática y el aislamiento, y se quitó la vida en 1915.
            Luego de la muerte de Ana María, Quiroga se instaló en Buenos Aires, donde fue nombrado secretario contador en el consulado uruguayo. Simultáneamente, fue consolidándose su fama como escritor. Al comienzo, vivió con sus hijos en un sótano del barrio de Palermo. Allí, en un intento por recuperar el espacio perdido, comenzó a relatarles historias protagonizadas por hombres y animales que se publicaron en 1918 en un libro que se volvió famoso: Cuentos de la selva. En estos cuentos Quiroga recrea el ambiente de la selva, la vida de los animales, la relación de estos con los hombres, la lucha con la naturaleza; en algunos relatos animales y hombres están enfrentados en una relación de franca hostilidad, debido a que el ser humano perturba con sus acciones el equilibrio del ecosistema. En las décadas de 1920 y 1930, la época en la que Quiroga vivió en la selva y escribió muchos de sus relatos, la noción de ecosistema recién comenzaba a desarrollarse en el marco de los estudios científicos.  

Adiós a la selva
            Después de varios años de visitas esporádicas desde Buenos Aires, en 1932 Quiroga volvió a instalarse en su casa de Misiones. Y volvió a soñar con quedarse allí definitivamente, con su nueva esposa, María Elena Bravo, sus hijos mayores y su hija pequeña. Sin embargo, ese sueño duró poco: una enfermedad lo obligó a regresar a Buenos Aires, donde permaneció hasta su suicidio, en 1937.
            Aunque los últimos meses de su vida transcurrieron en la ciudad, la imagen de Horacio Quiroga quedó para siempre asociada a esa naturaleza rebelde, inmanejable, y a veces cruel, característica de la selva misionera: esa región de la que no dejaba de hablar en sus cuentos, en sus artículos periodísticos y en las innumerables cartas que escribía a sus amigos.  





[1] Adaptación del prólogo “Bienvenidos a la estación de Horacio Quiroga” en Quiroga, Horacio, 2009. Cuentos de la selva. Buenos Aires: La estación